Rosas para la casa que nos forja
Gabriel Reyes Rivera
Alguna vez escuché a alguien rememorar la tradición de llevar una rosa a la Torre de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras (IUPI) en agradecimiento al alma mater. En su momento me pareció meritorio rescatar ese pequeño acto de honra a la que es, casa de estudios y lugar de la vida para todos los puertorriqueños. Decidido a retomar la tradición, me dispuse a recordar mis años universitarios.
En un anfiteatro de Humanidades descubrí que el filósofo Carlos Rojas Osorio cita a Heráclito de Éfeso para describir el proceso de evolución histórica de la filosofía como un tránsito desde el ser hacia el devenir. Esa imagen me sirvió para pensar en mi paso por las facultades de Generales, Sociales y Humanidades. Empero, mis años universitarios fueron más bien un tránsito del devenir al ser. Escribo lo anterior para ilustrar que a la IUPI —ese pedacito de tierra entre la Barbosa y la avenida Universidad— uno llega perdido y sale con herramientas para encauzar la vida. En cierto sentido, se pasa de una especie de devenir hacia la formación del ser, aunque este siga evolucionando.
Surge así, en la universidad, una persona nueva. Gracias a los conocimientos culturales que ha adquirido y a los hábitos intelectuales que ha desarrollado, el estudiante se forma ideas más claras y metas más concretas, condiciones necesarias para formular un proyecto vital más coherente. Entonces, uno empieza a amar más la verdad, la patria y la vida. Como escribió el filósofo español Ortega y Gasset en Misión de la universidad, la universidad nos pone a la altura de nuestro tiempo. Por eso, al partir, una rosa.
Me gusta pensar nuestra IUPI como un gran tapiz hilvanado por las vidas de todos quienes cruzan sus portones para posibilitar la transmisión y recepción del conocimiento. La gran obra que se teje es, además de la institución universitaria misma, un proyecto de país. De ahí que cada generación que pasa por ella reciba herramientas para habitar el mundo con espíritu crítico y cívico. Por eso, al partir, una rosa.
Nuestra universidad es también tempestuosa y convulsa. Viendo la obra Antígona Pérez en el Teatro de la Universidad se agitan los corazones y se despiertan las conciencias, movidas por las ganas de formarse para servir. Ante el sentido de exigencia y gravedad que infunde la formación universitaria, los estudiantes descubrimos que la isla nos necesita bien preparados para devolverle la dignidad a los caminos faltos de gloria que transitamos. Por eso, al partir, una rosa.
Caminando entre las ceibas que conducen a la Torre de la IUPI comprendí que, en nuestra universidad, cada día se escribe con letras doradas un porvenir esperanzador, expectante y, sobre todo, urgentemente necesario para la isla. Por todo lo anterior, al partir, ante la torre, he dejado esa flor que el poeta Pablo Neruda describió como “inquebrantable y victoriosa […] pequeño capullo de bandera”, para agradecerle a nuestra casa de estudios que siga —contra viento y marea— dando gloria a la vida naciente de nuestro país.
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2026-03-25T01:45:00.0000000Z
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